PREGÓN FIESTAS SAN AGUSTÍN 2026
Juan Crespo Serrano
Fernán Caballero, 27 de agosto de 2026
En primer lugar gracias a la alcaldesa y a toda la corporación municipal por haber pensado en mí para este honor, como es ser el pregonero de las fiestas de mí pueblo, a mis casi 80 años. También gracias a todos los que cuando os enterasteis de que iba a ser yo el pregonero os alegrasteis y me disteis la enhorabuena. Para mí es un honor hacerlo en mi pueblo.
Felicidades a las reinas y damas de las fiestas por su elegancia y su extraordinaria belleza.
Si os doliera el oído o la garganta me manejaría bien o al menos con más seguridad pero en este oficio de pregonero puede decirse que no estoy ducho en la materia, bien es verdad que procurare hacerlo lo mejor posible; como cuando el genial escritor don Ramón del Valle Inclán le dijo al gran torero Juan Belmonte que era el mejor torero que se había visto y que para alcanzar la gloria solo le faltaba morir en la plaza, a lo que Belmonte contesto: “se hará lo que se pueda don Ramón”, pues bien eso hare yo, lo que se pueda, aunque sin morir en la plaza o al menos eso espero.
Bien es cierto que aunque no me he dedicado a las letras pues soy un simple médico, siempre he tenido afición a la lectura, mucho más que a los números; los que me conocéis sabéis que me dan alergia, y creo que puedo decir con cierta modestia que no se me ha dado mal del todo la escritura. Es por ello, que con esa misma afición y el mayor de los respetos, me dispongo hoy a hilvanar estas palabras para dar comienzo a este pregón.
No os preocupéis que no os voy a tener aquí mucho tiempo aquí: se dice que lo bueno si es breve es dos veces bueno y si acaso es malo pero breve, resulta menos malo.
Hoy 27 de agosto es la víspera de San Agustín y la fiesta de su madre Santa Mónica, como diría un castizo: “casi nadie al aparato”. No tendríamos un San Agustín si no hubiera habido antes una santa Mónica y hoy celebramos su fiesta y mañana la de su hijo, nuestro patrón. De San Agustín nos han relatado muchos episodios y muchas enseñanzas de su vida, sin embargo de su madre solo puede que conozcamos el sufrimiento y los desvelos que pasó pidiendo y rogando a Dios para que su hijo caminara por derecho. Como según la tradición le dijo un obispo africano a Santa Mónica: “es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas”.
En el pueblo hablamos de las fiestas y no de la feria, porque este último término es más propio de otras celebraciones: una feria de muestras, la feria de ganado, la feria del motor o la feria de abril. Pero la FIESTA con mayúsculas es la de un santo, en nuestro caso san Agustín y hoy su víspera la anunciamos y la comenzamos aquí en la plaza de nuestro pueblo que tantos recuerdos nos trae; alrededor de ella estaba el juzgado; las escuelas, que ocupaban gran parte del perímetro, donde muchos de los que estamos aquí aprendimos a leer, el pequeño ayuntamiento y la casa del cura. También aquí aprendimos a montar en bicicleta y a correr dando la vuelta a los estribos, el sitio donde nos caímos por vez primera y nos hicimos un chichón y donde jugábamos a las bolas en la chorrera de la puerta de la iglesia, al pie de San Agustín.
Pues bien nuevamente nos encontramos otro año en esta plaza, puntuales a esta cita.
A algunos nos ha costado poco trabajo llegar porque nos encontrábamos cerca, otros han tenido que viajar mucho, incluso muchísimo, pero esta plaza actúa como un fuerte imán invisible que nos atrae en estas fechas, como si fuera el kilómetro 0 de nuestras vidas. Un sentimiento común que estoy seguro que tenemos todos los que nos hemos congregado esta noche, es la sensación de volver al pueblo, lo que se nos pasa por nuestra cabeza y por nuestro corazón cuando desde la carretera por la que lleguemos: Ciudad Real, Malagón, Carrión o Porzuna atisbamos la torre de nuestra iglesia. El pueblo es nuestra zona de confort, en él nos encontramos cómodos y seguros, conocemos al milímetro cada rincón y cada casa, sabemos quién vivía en ellas y como era su estructura y lo recordamos con cariño cuando paseamos por sus calles.
Esta plaza es el lugar desde donde irradia toda la vida del pueblo (aunque sin menospreciar a las 4 esquinas), en ella nos abrazamos con entusiamo y relatamos el discurrir de nuestra vidas actuales, recordando la pasada junto con nuestros amigos y nuestros hijos, muchos con nuestros nietos, nos gusta enseñárseles como y donde vivíamos, a donde íbamos, por donde paseábamos, contarles que jugábamos al futbol en la mismísima carretera porque pasaba un coche cada media hora o más. Y como los pueblos eran mucho más silenciosos que ahora, oíamos a los coches que venían haciendo gran estruendo desde antes de entrar en el pueblo, parábamos, nos apartábamos y a seguir jugando, cuando pasaba. Como jugábamos a las bolas en la ya desaparecida placilla detrás del casino, que era de tierra y con una acacia en medio, y como jugábamos a los platillos en las mañanas de verano en la acera de Alberto Marín que era más ancha que ahora y además daba la sombra y era muy fresquita. Muchos de aquellos compañeros de juegos ya no están con nosotros, para ellos y dirigiendo los ojos al cielo un recuerdo muy especial y entrañable; los podría enumerar pero no lo hago porque seguro que la lista sería larga y mi emoción grande, pero estoy seguro que los que conocisteis estos hechos os estaréis acordando mentalmente ahora, de muchos de ellos, como yo.
La singularidad de un pueblo no solo la da sus calles y su estructura sino también sus gentes, sus costumbres e incluso sus ruidos y sus silencios. Ruidos y silencios que algunos se han evaporado con el paso del tiempo, por el cambio en la forma de nuestras vidas y otros, gracias a Dios, todavía perduran ¿Recordáis cuando era de noche y oíamos desde el interior de nuestras casas llamar a las puertas de los vecinos con los llamadores?, sabíamos por el ruido que hacía cada uno de ellos, de que puerta se trataba. ¿Recordáis el cacareo de aquellos auténticos gallos multicolores cuando empezaba a amanecer y que después de las fiestas, esa melodía disminuía considerablemente porque muchos de esos gallos habían ido a la sartén? Algunos de estos ruidos, propios de nuestro pueblo, aún permanecen. No me digáis que no echáis en falta todos los antiguos y diferentes toques de la campana de la torre o que nos alegra el corazón escuchar la diana en los días de fiesta. Estos ruidos de los que he ido enumerando algunos bien podrían formar parte de nuestro patrimonio inmaterial, sería interesante confeccionar un listado de ellos y velar para que dejaran de evaporarse en el tiempo.
Pero volvamos al tema de las fiestas que es lo que en esta noche nos ocupa. Las fiestas son los días en los que volvemos todos a reunirnos en una misma mesa, a veces lo tenemos que hacer en el patio porque ya dentro no cabe tanta gente: los que se quedaron aquí, los que se fueron y luego volvieron, los que vienen y les gustaría quedarse más pero las circunstancias de la vida no se lo permiten, los invitados por nosotros a pasar estos días en nuestro pueblo, los que no nacieron en el pueblo pero han oído hablar de él tantas veces, que se quedarían para conocerlo un poco más, pues estoy seguro que sus padres les han dicho que sus raíces son fernanducas y ellos lo han entendido a la perfección y se han quedado con la copla.
Quiero compartir con vosotros una idea que nunca había pasado por mi cabeza. Hace unos días mantuve una conversación muy grata con nuestra alcaldesa y ella me lanzo una pregunta que nunca me había planteado y que en principio me desconcertó y no supe que responder de manera espontánea. Esa pregunta os la traslado ahora a vosotros y es la siguiente: ¿Qué significaría para ti que desapareciera el pueblo?. Al principio me quede sin saber que decirle, nunca me lo había planteado y comencé a darle vueltas a la cabeza para poderle dar una respuesta.
Antes de elaborar la respuesta pensé. Aquí nací, aquí me bautizaron, aquí viví y en parte, gracias a este lugar, soy el que soy. Seguí pensando y si desapareciera el pueblo con su término municipal sin dejar ningún rastro, si quedara como una tabla rasa, sería algo así como si me hubieran arrancado un miembro de mi propio cuerpo porque el pueblo forma parte de mí, no está fuera de mí. Si me lo quitan es como si me quitaran un trozo de vida.
No puedo ni debo y además sería injusto no hacer una mención especial en este pregón, a quienes viven y trabajan aquí todo el año, a los que no se fueron, a los que se fueron y se volvieron a establecer aquí, en una palabra a los que pasan en el pueblo su vida. A los que cada día caminan por sus calles, visitan el cementerio, recorren los caminos, siembran y cosechan, sufren las adversidades climáticas, ya no miran al cielo para predecir el tiempo porque el móvil se lo adelanta, viven en su casa y a veces el vecino más cercano vive a 5 o 6 casas alejado de la suya, a los que en el invierno se asoman a la ventana o a la puerta de su casa a las 9 de la noche y ven la calle totalmente desierta, a los que tienen que desplazarse constantemente a realizar cualquier trámite administrativo a un lugar cercano: como a Ciudad Real o al vecino Malagón. Los que al vivir aquí observan sus calles y advierten que en algún lugar del pueblo ha sucedido algún desperfecto o algo anormal y se lo trasmiten a las autoridades correspondientes. En pocas palabras y con mayúsculas, los que mantienen el pueblo los 365 días del año y nadie nos damos cuenta de ello. Y nadie se lo agradecemos y nadie reconoce esa labor callada que llevan a cabo, solo por amor a su pueblo y a sus raíces. Vosotros sois los verdaderos guardianes, mantenedores y cuidadores de nuestro pueblo, pues bien yo desde esta tribuna que hoy se me ha otorgado y en nombre de todos los que estamos aquí y de los que faltan, os quiero decir a voz en grito y con mayúsculas: gracias, gracias, gracias por mantener Fernancaballero vivo.
Como decía antes y finalizando, aquí nos reúne san Agustín, nos acoge, nos abraza, nos atrae con fuerza una vez al año y es aquí donde recargamos el alma para los otros 12 meses. De él cogemos la fuerza como la cogen las raíces y las ramas de un buen tronco de encina para poder sobrevivir; pase lo que pase y estés donde estés, tienes la tranquilidad de que el tronco es duro, va a resistir y está deseando alimentarte y transmitirte su fuerza. El cómo conseguir esto te lo dice nuestro patrón de una manera extraordinariamente sencilla; lo resume así:
Ama y haz lo que quieras
Si callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor.
Que este dentro de ti la raíz del amor, pues de la raíz del amor no puede brotar sino el bien.
Así, con estas palabras de nuestro querido San Agustín termino, como os he prometido este breve pregón.
Que empiecen las familias a juntarse, que empiece la música, que empiecen los cohetes, viva la fiesta y viva San Agustín bendito.



